18 de junio de 2008

El último romano



Era larga, de un antiguo metal marmóreo mecido por milenios.
Sentía al verla los latidos como el lebrel a la voz del amo en frenética cacería.
Nos miramos sin vernos, le pregunté: ¿qué almas enviarás al infierno?,
¿temes hacerlo?, para eso estás hecha, le increpé.
No contestó, inmóvil como las mejillas del retrato volví a preguntar: ¿temes?,
¿compadeces al dueño de tu igual? Seguía sin hablar.

Estrofa I, del poema “El último romano” (G. García, “Ideas feroces”, editorial ENR, 2005). Inspirado en la memoria de Constantino XI, el último emperador de Bizancio, que desapareció combatiendo al frente de los defensores de Constantinopla, en el día del asalto final de los turcos sobre la ciudad, en 1453. Con ello desaparecía el último vestigio del Imperio Romano de Oriente y se cerraba su historia milenaria, sellada con la muerte de “el último romano”.

No hay comentarios: